domingo, 16 de junio de 2019

“¡Vamos a tocar el corazón de Pinocho!”,
dijeron los niños
en la plaza y corrieron
envueltos por la luz de la tarde
hacia el mural detrás de las hamacas.

Los vi acercarse a la pared,
apoyar sus manos en el cemento pintado
imantados los cuerpos y las risas.

En ese momento, el corazón del mundo
era un amasijo inextricable
de cables, sustancias ígneas y ríos
de lágrima y cal...

“¡Ahora toquemos sus orejas de burro!”,
y volvieron a repetir el rito
de levantar la tierra con los pies
hasta soltar sus huellas en el muro.

Después, el viento se llevó sus voces
y el corazón en la pared volvió a ser
una imagen solitaria
cerca de otra en la que un carpintero
ilumina el vientre de la ballena...

Apenas un gesto, figuras que se componen al sol,
una brisa en la sangre,
un instante en el embarcadero del sueño
para despertar al poema.





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